La mayoría de las quejas no se pierden porque a nadie le importen: se pierden porque llegan por cinco sitios distintos y ninguno es el sitio oficial. Un WhatsApp al móvil del encargado, un correo, un comentario en Instagram, una llamada que alguien apuntó en un papel. Este servicio junta todo eso en un único buzón donde cada queja tiene ficha, urgencia, responsable y fecha.
Cuando entra una incidencia, la IA lee lo que ha escrito el cliente y la clasifica: de qué va y cuánta prisa corre. Los criterios los defines tú, y siempre puedes cambiar a mano la clasificación de un caso concreto. Con eso, cada queja se asigna a la persona de tu equipo que debe ocuparse y aparece en su lista con el contexto completo, sin que nadie tenga que reconstruir la historia.
A partir de ahí el sistema vigila el reloj. Si una incidencia lleva demasiado tiempo sin que nadie la toque, avisa; si sigue parada, sube el aviso. No se cierra sola: se cierra cuando alguien ha respondido al cliente y lo marca como resuelto. Al final de mes ves qué es lo que más se repite, que suele ser la información más útil para dejar de tener esa queja.